11 de julio de 2011

Encantos de Lisboa 

Lisboa es una gran barca con calles y jardines dentro, donde la brisa que corre tiene sabor de sal y hay sirenas que cantan fados. A lo largo de un día, en ese Mar da Palha que abraza Lisboa se pueden ver reflejados todos los colores del arco iris, y algunas puestas de sol provocan verdaderos incendios en el agua.

A la Plaza del Rossio hay que ir siempre, porque al Rossio se llega desde las siete colinas sobre las que se encarama la ciudad. Por ahí pasó la historia portuguesa, la oficial y la popular. En la gran plaza, durante la Edad Media tenían lugar ferias y matanzas de cerdos, aparte de fiestas en honor de las distintas advocaciones de vírgenes marineras; y bailes para celebrar las cosechas.

Donde también hay que ir es a la Plaza del Comercio, que recibe también el nombre de Terreiro do Paço, porque allí, en el antiguo Palacio da Ribeira instaló el rey Manuel I la corte, pero la estatua que domina la plaza es la de don José I a caballo sobre un pedestal cargado de alegorías; la rodean edificios ministeriales de dos plantas y con las paredes pintadas de rojo.

En las calles entrecruzadas del Chiado se citan tradición de vanguardia y posmodernidad, hay talleres de todas las disciplinas creativas, librerías históricas, joyerías e iglesias y fachadas con detalles modernistas.

En lo alto de la colina más alta de Lisboa está el Castillo de San Jorge, que se ve desde todos los rincones de la ciudad vieja. Su mayor esplendor llegó cuando los reyes portugueses lo convirtieron en su residencia. Recorrerlo es interesante, y la vista del Tajo desde esas alturas resulta increíble.

En el barrio de Belem se reflejan las glorias del pasado, cuando los navegantes lusos descubrían los secretos de los mares y tierras desconocidas. De ahí salió Vasco de Gama con rumbo a las indias, y ahí descansa, en el imponente Monasterio de los Jerónimos, que el rey don Manuel I mandó construir para agradecer a Dios el éxito de sus hazañas.

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