17 de junio de 2011

La Costa más Rica de Centroamérica 

Un derroche de clorofila tapiza cada esquina de este país centroamericano que rebosa selvas tropicales, manglares, bosques nubosos, volcanes y playas asomadas al Caribe o al Pacífico. En Costa Rica, referente mundial del ecoturismo, el único dilema será tener que escoger entre sus decenas de parques y reservas en los que asistir al desove de tortugas marinas, observar el vuelo del quetzal o bucear entre tiburones martillo.

Un millón largo de visitantes acude cada año atraído por la espectacularidad de sus espacios protegidos, con una biodiversidad digna del Guinness, una treintena de parques nacionales, ocho reservas biológicas y una infinidad de refugios de vida silvestre.

En las costas del Pacífico se producen los más espectaculares anidamientos simultáneos de cientos y hasta miles de tortugas marinas que, una vez al mes, en función de las fases de la luna, y de tres a ocho noches consecutivas, vuelven a tierra a depositar los huevos de los que, en alrededor de dos meses, verá la luz una nueva generación.

Para observar aves fabulosas hay auténticos tesoros como el P.N. Carara o la Reserva Biológica Monteverde, entre cuyas neblinas podrá con suerte verse volar  al mítico quetzal o, entre tantas otras, la Estación Biológica  La Selva, creada en la década de los cincuenta con fines científicos, pero hoy también abierta al público.

El Arenal, el más activo de los volcanes costarricenses hay que verlo de noche, cuando entre la oscuridad se distinguen los ríos de lava incandescente escurriéndose por las laderas de su cono perfecto. Puñados de cabañas y hoteles estratégicamente situados permiten a través de sus ventanales admirar el espectáculo sin salir siquiera de la cama.

Pero lo más insólito es asistir a una de sus noches inspiradas, cuando desde un mirador podrás pasmarte con el lanzamiento de lava, como si fueran fuegos artificiales, que escupe el cráter cuando se siente de verdad furioso.

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